Desde el laberinto mental de Alicia

«La existencia humana debe ser una especie de error»Arthur Schopenhauer

El dilema

Me pregunto si debería contar la historia de Alicia y su laberinto mental en este blog. La idea de compartir su drama existencial es apremiante. Pero, ¿quién es Alicia, y por qué habría de interesarnos su historia?

El nombre del personaje, así como el personaje mismo, real o imaginario, pierde importancia desde el momento en que centramos nuestra atención en los suburbios que se arremolinan en el intrincado laberinto de su mente. De hecho, sus cualidades, concebidas desde los más lejanos rincones de la imaginación del autor, fueron especialmente pensadas para permitirle sobrevivir a su laberinto, a pesar de tener que enfrentarse a diario con su peor enemigo: ella misma.

Los tormentosos y angustiantes pensamientos que nos transmite Alicia, subliminales e inconclusos, abortados tal vez por una precoz madurez que no debió haber aflorado a destiempo, podrían llegar a envolvernos en sus más escabrosas emociones, e inadvertidamente conducirnos a una seria y profunda reflexión acerca del significado de nuestra propia existencia; así como del destino próximo que le espera a la generación actual, de la cual todos formamos parte, que más que vivir, sobrevive a las vicisitudes de nuestro convulsionado sistema social que parece estar llegando a su fin.

Pensar en Alicia como una sobreviviente, adelanta el hecho de que, en efecto, le es posible escapar y sobrevivir a lo que sea que fuere, de lo cual tendría la necesidad de librarse, enigma que debería develar su historia para nosotros.

 Alicia

Este peculiar personaje pudo haber sido producto de una creación subconsciente del autor, en un intento inadvertido por interpretarse a sí mismo, narrando vivencias de su propia existencia; que, aunque podrían ser lo suficientemente estremecedoras como para marcarlo de por vida, no era el momento de exponerlas públicamente; sin perjuicio de que algunas de ellas, reales o ficticias, se solapen en la personalidad del personaje.

Pero aún no había llegado el tiempo de escribir sus memorias. Así pues, tras este escenario, en su esfuerzo tratando de ubicar, identificar y darle forma a su personaje, el autor creía encontrarlo en cada rostro, en cada individuo, a veces real, a veces imaginario. Lo veía en todas partes, pero era incapaz de retenerlo el tiempo suficiente como para llegar a conocerlo.

Pronto se daría cuenta de que se esforzaba inútilmente procurando individualizar a su ansiado personaje. Con sólo detenerse y mirar acuciosamente a su alrededor, se le hacía cada vez más evidente que la humanidad entera, sea cual fuese la dirección desde la cual observara, encajaba a la perfección; toda ella moviéndose, errante e incesantemente, de un lado a otro, en una implacable y permanente lucha por alcanzar su particular propósito, muchas veces carente de sentido, intentando sobrevivir en un triste correr tras el viento, en un vano, penoso y persistente afán, extraviándose en medio de interminables pasadizos dentro de un inmenso laberinto que parece no tener salida ni fin, que se extiende por toda la superficie de la tierra habitada y que es conocido por todos como LA VIDA.

“Sí, como una sombra anda el hombre; ciertamente en vano se afana; acumula riquezas, y no sabe quién las recogerá.”

–  Salmos 39:6 – La Biblia de las Américas.

El laberinto en la mente de Alicia

Pese a haber avanzado en años y experiencia, lo suficiente como para alcanzar un razonable grado de madurez, y manteniendo casi intactas sus facultades mentales, la imagen que con frecuencia pululaba en la mente de Alicia no podía ser más desalentadora. A menudo se veía forzada a luchar arduamente contra sus pensamientos, para no dejarse arrastrar hasta la depresión, en un azaroso y agotador esfuerzo por mantener la cordura.

A veces, al borde de la paranoia clínica, acudía a tratamientos psiquiátricos que mitigaban su ansiedad. Sufría crisis de pánico al observarse a sí misma sumergida en medio de ese torrencial río humano; en el cual, inesperadamente y cada vez con más frecuencia, muchos de aquellos que parecían disfrutar de una buena vida y perfecta salud, repentinamente enfermaban y morían; otros, víctimas de fatales accidentes o diversos sucesos imprevistos, corrían con igual suerte; o peor aún, quedaban desvalidos,  perdiendo toda capacidad autónoma de sobrevivencia, en estado de coma o en vida vegetal, en total condición de dependencia, inundando a sus deudos con una colosal carga emocional y económica que en muchos casos arrastraba consigo a otros miembros de la familia.

Al voltear la vista, tratando de eludir tan escabroso escenario, Alicia solo atinaba a observar a otros tantos languideciendo en ese desordenado torbellino llamado vida; algunos ahogando sus penas o banales alegrías en alcohol, o envenenándose con otras drogas, fingiendo felicidad sin motivo aparente, ya que nada trascendental ocurría en sus tristes, vacías y miserables vidas; muchos de ellos dedicados exclusivamente al crimen y a la maldad, por carecer de amor natural y de esperanza, o simplemente por puro placer demoníaco.

La injusta desigualdad

Por otro lado, le era fácil observar el dantesco abismo entre aquellos y un pequeño grupo ostentando la mayor parte de la riqueza existente sobre la tierra, creyendo ciegamente en su único dios: el dinero. No obstante, el denominador común en todos los escenarios, sea cual fuere la dirección hacia la cual observara, siempre era el mismo: ¡la muerte!, el fin de todo, el viaje hacia lo desconocido, el lugar común al que nadie quería ir, pero al que irremediablemente todos se dirigían con paso firme e indetenible; alineados en una misma fila, solo que sin saber el lugar exacto que ocupaban en ella.

La mayoría parecía no detenerse a pensar en eso, actuando como si todos los acontecimientos que estremecían a la humanidad fuesen parte de la cotidianidad, nada de lo que sucedía a su alrededor parecía afectarlos, no era con ellos. Sintiéndose dueños del mundo, surfeando siempre sobre la cresta de las olas y disfrutando de sus eternos quince minutos de gloria, estaban sumidos en un profundo letargo, del cual tal vez no despertarían jamás.

Algunos, los más afortunados, lograban alcanzar una larga vida; envejeciendo en relativa paz y armonía, rodeados por sus seres queridos y equilibrados con el universo como parte de un todo; pero incapaces también de eludir su triste y absurdo destino, el mismo que de manera implacable alcanzaba a todos, sin distingo de raza ni condición social; de nuevo: LA MUERTE.

154.080 personas mueren diariamente en el mundo según cifras del último censo de la CIA en 2014 (107 personas por minuto).

– Ref. Cia.gov. (2015). – “The World Fact Book: birth and death rate”.

Confundida

Con tales escenas atormentando sus pensamientos y su cordura, Alicia se preguntaba a menudo cuál sería el significado y alcance de la dimensión de tiempo que conocemos como una larga vida, ya que este era, a todas luces, el escenario que se le presentaba como mejor opción en ese torbellino de desagradables imágenes.

En el mejor de los casos, esa dimensión de tiempo apenas trasciende la barrera de los ochenta años, salvo escasas excepciones, caracterizada además por una existencia cuestionable en cuanto a la calidad de vida que por lo general acompaña los últimos años de nuestro recorrido a lo largo de este plano existencial, el único que conocemos, debido a la frágil e incómoda condición de salud, típica de la edad avanzada, que en ningún caso detiene su lento pero inexorable deterioro hasta el final del camino.

Algo andaba mal con el diseño de la vida. A su juicio, tal como se presentaba, no tenía ningún sentido. La vida era como mostrarle a un niño un caramelo, permitirle probarlo y luego arrancárselo abruptamente de la boca cuando apenas comenzaba a saborearlo. Este no podía ser el concepto. Su mente la conducía una y otra vez al milenario conflicto acerca de la vida y de la muerte y el propósito de nuestra existencia.

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¿Por qué no podía Alicia pensar como la mayoría? ¿Por qué simplemente no se dedicaba a vivir su vida de la mejor manera, como parecía que lo hacía el resto? Después de todo, Alicia había llegado a ser una mujer exitosa, casi todo lo que se había propuesto alcanzar en su vida lo había logrado. Entonces, ¿por qué le atormentaban tanto esos pensamientos acerca de la vida y de la muerte y de lo miserable que ahora se le antojaba su entorno?

Sin esperanzas

Se sentía desdichada, pensaba que sólo a ella le ocurría. Envidiaba a la gente común que sonreía y actuaba como si nada malo pasara a su alrededor. Estaba convencida de que el problema era exclusivo de ella, se sentía condenada. ¿Qué podría hacer para salir de ese agujero negro en el que se había sumido sin percatarse?

La particular y desdichada condición de Alicia, vista desde una perspectiva menos fatalista, indicaba, a simple vista, que se había convertido en candidata a paciente psiquiátrico permanente, ya que tal desorden emocional, atornillado como un quiste en su cabeza, de ninguna manera podía ser atribuido a una persona “normal”. Claro, considerando que nosotros sí lo somos y tenemos, además, la facultad de auscultar y emitir juicio médico profesional al respecto.

Pero, ¿cómo había llegado Alicia a ese nivel de pensamientos tan tormentosos? ¿Qué la colocaba en medio de ese abismo, en la frontera misma entre la cordura y la locura?, ¿sería posible que Alicia lograra encontrar la salida de ese inmenso laberinto que se la había tragado sin darse cuenta?, ¿podría Alicia hallar los medios para lograrlo por sí misma?

Tratando de levantarse

Siempre lo había hecho. Hasta ahora nunca se había entregado por completo tras una derrota.  Sabía que algo surgiría, no se conformaría con aceptar la triste realidad de su existencia en semejantes circunstancias. Algo habría de existir, algo que pudiese hacer al respecto para sortear tan miserable destino; pero ¿qué? Era imperativo, atractivamente enigmático e interesante, por morboso que parezca, descubrir cómo lograría salir de ese abismo emocional, aparentemente sin fondo, en el que se encontraba sumergida.

Tantas fueron las veces en las que Alicia, confundida, se preguntaba si era posible que esas inquietantes y vívidas imágenes mentales solo estuviesen siendo percibidas por ella, con esa textura tan realista; en ocasiones, como una borrosa ilusión óptica, producto del cansancio, probablemente ese cansancio que le ocasionaba su vida misma.

Tantas veces temiendo estar perdiendo su capacidad cognitiva o la razón. Tal vez otras personas podrían también estar observando esas escenas con la misma claridad y con la misma impotencia -se decía- en cuyo caso anhelaba, casi al borde de la desesperación, identificar a esas personas; quizás pudiesen ayudarle a aliviar su carga, a veces tan pesada e insoportable.

Cuánto deseaba despertar del profundo y confuso letargo en el cual había sido sumergida su vida, donde sus sueños e ilusiones más preciadas habían desaparecido desde hace no se sabe cuánto tiempo. Esa vida tan efímeramente corta, tan corta como un suspiro en el viento, como una microscópica partícula en la inmensidad del universo. Una vida atrapada en ese inmenso laberinto del cual parecía imposible escapar.

Volviendo a caer

No había nada sustancialmente distinto o alentador en la mente de Alicia en esta etapa de su vida. El resultado de su diario discernir era siempre la conformación de las mismas desagradables imágenes que tantas veces le atormentaban. Sus más allegados, casi lograron convencerla de lo que consideraban una terrible equivocación en cuanto a su percepción: “la vida, tal como la conocemos, puede llegar a ser realmente satisfactoria, pese a nuestro ineludible y fatal destino final” –le decían- sin lograr consolarla.

Muchos habían compartido con ella, de buena gana y sin mezquindad, grandes placeres y satisfacciones de la vida, tal como son entendidos estos conceptos actualmente, conceptos acerca de los cuales albergaba francas y razonables dudas -etimológicamente hablando- ya que el resultado de experimentarlos una y otra vez, siempre le arrojaron la misma respuesta: una inexplicable sensación de vacío, una falta infinita de esencia fundamental; siempre el mismo sentimiento de correr tras el viento queriendo atraparlo.

Alicia tuvo la oportunidad de conocer y disfrutar de fama y fortuna, propias y ajenas, así como de experimentar toda suerte de emociones intensas; de manera que creía haberlo visto todo; no entendía el porqué de su malestar emocional. Por más que se esforzaba tratando de cambiar su triste percepción, aquellas desalentadoras pero vívidas imágenes persistían, arraigándose implacablemente en todo su ser, estremeciendo con vigor sus sentidos y emociones más profundas. Probablemente percibía que estaba cerca del final del camino y eso la aterrorizaba, ya que ni toda su solvencia moral y económica podrían ayudarle a eludir el temido final.

Sin salida

Necesitaba con urgencia sosegarse. Ese sentido de decepción y falta de esperanza que ahora le transmitía su entorno y su vida misma, era necesario erradicarlo. Consciente de que todos provenimos de una misma fuente, y nos dirigimos hacia un mismo destino, pese a cualquier argumento que se intente esgrimir en contra de tan grande verdad, su reto consistía entonces en hallar la manera de aceptarlo, como todos, o encontrar la manera de eludirlo. No conocía hasta ahora a nadie que lo hubiese logrado. Sin embargo, se negaba a aceptar con resignación el absurdo final del camino de la vida, tal como la conocía: una carrera, a veces desenfrenada, hacia la muerte, lo que la hacía sentir miserable.

Tratando de descifrar el porqué de tan absurda manera de transitar la existencia; existencia que no debería terminar jamás –se decía- pero que paradójicamente tampoco era concebible en los términos en que la conocía; ahogada en la incertidumbre, rodeada por la inefable y creciente maldad que nos inunda; agobiada por la enfermedad, la injusticia, la tragedia, la deslealtad, la traición, la avaricia, el desasosiego, la tristeza, la nostalgia, la depresión, el miedo y una interminable lista de calamidades que se empeñan en convertir la sobrevivencia en este mundo en un verdadero calvario, Alicia creía haber encontrado las causas de su implacable tristeza, que a veces le robaba el deseo de continuar viviendo y contra las cuales era poco o nada lo que podía hacer.

¿Es el final para Alicia?

Así pues, se desarrolla el drama de Alicia. Una lucha diaria por encontrar la felicidad perdida, por volver a sentir la alegría de vivir.

Conociendo ahora la naturaleza de nuestro personaje, pierde entonces importancia su nombre, su género, su estatus social y cualquier otra característica que queramos atribuirle para distinguirlo; puesto que su drama existencial es, lamentablemente, el de muchos; que, sabiendo de dónde provienen y hacia dónde se dirigen, transitan el camino que todos hemos de recorrer, pero que cada uno habrá de escoger la manera de cómo hacerlo y darle el sentido que le corresponda.

Esta historia podría continuar…

Hasta una próxima entrega.

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Gaston